Hace ya más de una veintena de años un viejo conocido y propietario de una empresa industrial de tamaño medio me decía: ”[..]Cualquier mañana de estas, al saltar de la cama, repararemos en que en realidad sólo hay una empresa fabricando y el resto estamos distribuyendo sus productos[..]”. Esta frase la decía entre divertido y sorprendido porque sin apenas darse cuenta, a lo largo del tiempo, sus proveedores habían ido sustituyendo productos que antes fabricaban “in house” por productos fabricados por empresas subcontratadas y localizadas en países de economía emergente. Hace más de veinte años de esto.

No sé si antes de morir prematuramente llegó a entender lo acertado de sus palabras y comprobar que había vaticinado de forma certera nuestra realidad actual, desconozco también si al hacer balance de su vida profesional obtendría una respuesta, probablemente incómoda, a la pregunta de si le habían merecido la pena todos los desvelos vividos y la lucha por mantener una industria famélica en un país que ya había comenzado el desmantelamiento de su tejido industrial muchos años antes.


Quienes ahora claman por una reindustrialización de España al descubrir las serias carencias que arrastramos desde al menos los últimos cuarenta años, lo hacen como quien descubre una mágica luz en la que nadie había reparado y alzan su voz victoriosos como quien ha localizado la puerta de salida de todos los problemas que aquejan a este país. Lamento decirles que es una realidad que está entre nosotros desde hace décadas y cuyas vergüenzas han quedado expuestas gracias a, o por culpa de, la pandemia del Covid-19.

Como en casi todas las cuestiones que degeneran con el paso del tiempo, buscar las razones o peor aún, las soluciones, no es tarea fácil. No se trata de hacer una lista de causas o dificultades y otra lista de soluciones e implementarlas en un estudiado lapso de tiempo por quienes están llamados a hacerlo: nuestros dirigentes políticos. Requiere no poco tiempo y aquí reside el primer problema. Cuando nuestra clase dirigente comprueba que no puede ser implementarlo rápidamente, que no hay atajos y que no pueden obtener réditos políticos inmediatos, el plan pasa a la lista de buenas voluntades y de ahí al cajón del olvido.

Hace tiempo, en al menos tres ocasiones diferentes, asistí a varios actos para emprendedores con una dirigente política de cierto calado y caída ahora en desgracia por otro de los problemas endémicos de nuestro querido país: la corrupción. En todos estos actos, en su cansina disertación y rozando el intento de adoctrinamiento de los allí presentes, me llamó la atención una frase que pronunciaba casi con rítmica prosa acompañada de idénticos movimientos como si de una estudiada coreografía se tratara: “[..]los políticos no contratamos personas, lo hacen los empresarios[..]”. El tono era claramente auto exculpatorio. En todas las ocasiones tuve que respirar hondo y buscar entre los asistentes algún gesto cómplice o alguna mirada compasiva que entendiera que lo que aquella señora pontificaba era, en realidad, un perfecto ejemplo de una responsabilidad mal entendida. Nunca ocurrió, nadie alzó la voz, nadie se revolvió incómodo en su asiento. Alguien debería haberle aclarado que, efectivamente, los empresarios contratan a personas pero que las personas ejercen su derecho al voto con la esperanza de que nuestros políticos crearán las condiciones que faciliten la generación de empleo. Nunca me he arrepentido lo suficiente de no haber sido yo quien se lo explicara.
Un evento excepcional requiere de una respuesta adecuada y dimensionada a la situación.
Por otro lado el Estado juega un papel importante y cuando hablamos de reindustrialización sería conveniente discernir entre la industria esencial, también llamada estratégica, y el resto de industria para el consumo. La reindustrialización ha vuelto a la actualidad de mano de tertulias televisivas y foros de internet ante el desabastecimiento manifiesto de elementos esenciales como mascarillas, guantes, hidroalcohol y en definitiva todo el material fungible sanitario necesario durante la pandemia, pero esta situación debería ser vista como algo anómalo y no es, en ningún caso, un síntoma de ausencia de industria. Lo atestigua el hecho de que países con una industria más boyante, como Alemania, también se han visto obligados a recurrir a mercados internacionales para completar su suministro de materiales sanitarios esenciales. La falta de anticipación para el acopio y almacenaje de estos elementos no es directamente achacable a una falta de industria del país y tampoco es el objeto de este post. Diferente es que la capacidad productiva de estos elementos en otros países sea sensiblemente superior a la de España y debiera exigirse al Estado la existencia de una relación de empresas dotadas de planes de contingencia para este tipo de catástrofes, como ha sido el caso de Seat y Fujitsu España en la fabricación de equipos de respiración asistida, por ejemplo. En definitiva, es cierto que no somos potencia industrial pero tenemos una industria muy dinámica y lo suficientemente capaz de pivotar desde su producción habitual a una fabricación puntual de otro tipo de productos en caso de emergencia como se ha demostrado. Bastaría con tener un plan al respecto para una situación que previsiblemente se repetirá.

Un evento excepcional requiere de una respuesta adecuada y dimensionada a la situación y retorna a su escala natural cuando vuelve la normalidad. Existen empresas locales que actualmente producen mascarillas en una cantidad suficiente para abastecer a la comunidad autónoma de Andalucía en circunstancias normales. Esa industria existía previamente a la pandemia y bastaría con dimensionar su capacidad para atender picos excepcionales de consumo (si existieran) y posteriormente volver a su estado natural habitual.
La creación de una empresa está motivada por la búsqueda del máximo beneficio económico.
Realmente la reindustrialización que este país ha olvidado y que necesita, es la relacionada con cualquier tipo de industria que fuera capaz de absorber la cantidad de personas desempleadas provenientes, principalmente, del sector turístico y de la construcción de la anterior crisis. Pero, ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Para entender la problemática analicemos la controvertida afirmación que reza: “la creación de una empresa está motivada por la búsqueda del máximo beneficio económico”. No faltará la respuesta airada de quien lea este post y porfíe contra el empresario que así se pronuncie. Estará en su derecho pero esto no invalida en absoluto un objetivo lícito de quien así actúa. Por otro lado, y antes de sufrir un ataque furibundo aclararé, por si fuera necesario, que hay que eliminar todas aquellas formas de beneficios obtenidos mediante la explotación de las personas, evasión o elusión fiscal o cualquier otra forma de maximizar el beneficio alejado de la legalidad. En cualquier caso maximizar el beneficio ha hecho que algunas empresas decidan trasladar (deslocalizar) su producción a países de economías emergentes (China, Polonia, Marruecos, India, etc.) ante un menor coste de cargas sociales o gastos fijos y que ahora deben enfrentar problemas sobrevenidos, como la dificultad del transporte de mercancías en estos tiempos convulsos. Es una decisión empresarial, y como tal, puede ser acertada o errónea y por tanto responsabilidad únicamente de las empresas que han actuado así. De la misma forma que hay países que han decidido no prestar ayuda a aquellas empresas cuya sede fiscal no está en su territorio, recordemos también que Donald Trump ha intentado en reiteradas ocasiones obligar a muchas empresas norteamericanas a retornar su producción. Esta es una posibilidad, pero me temo que sólo pueden ponerla en práctica algunos países y nosotros no somos uno de ellos. Por otro lado, una dificultad añadida es que existe una masa importante de empresas españolas que nunca ha tenido capacidad industrial alguna y que también orientan sus esfuerzos a la importación y posterior venta de los productos sin aportar ningún valor añadido, más allá de una subida en el precio. Los países con reducidos costes de fabricación son reales y sus nombres irán cambiando cíclicamente pero siempre existirán lugares donde se podrá fabricar atendiendo solamente al coste de producción. Esta es una guerra perdida salvo que queramos ser uno de esos países.
El único camino para llegar hasta allí transita por los dominios de la INNOVACIÓN CONTINUADA
Por supuesto hay fórmulas intermedias, como es el caso de algunas empresas tecnológicas que fabrican en países con costes muy bajos pero cuyo diseño e ingeniería se realiza en los países de origen, lo que determina que una hipotética vuelta a la industria de este país pasaría por el desarrollo de elementos con una importante carga de valor diferencial o valor añadido, que no tuviera que luchar contra productos de bajo coste y que ofreciera barreras de entrada a la posible competencia. El único camino para llegar hasta allí transita por los dominios de la INNOVACIÓN CONTINUADA, así, en mayúscula y negrita. Pero entonces este planteamiento deja más preguntas que respuestas: ¿Qué pasará con los desempleados sin cualificación? Quienes creen estar cualificados ¿Lo están de verdad? ¿Habrá empleo para todos sea cual sea su cualificación?

Llegamos tarde pero no todo está perdido y, por si tranquiliza a alguien, el resto de Europa no lo está haciendo mucho mejor, basta con fijarse en cuál es la política de la Unión Europea con respecto a la fabricación de componentes electrónicos, microprocesadores y en general, alta tecnología que representa una industria estratégica para cualquier país en los tiempos venideros. Pero eso ya es otra historia.



Comparte este post
Sat, 09 May 2020 15:20:15 +0200
Tags: #Opinion

Posts relacionados